lunes, 6 de abril de 2020

Sobre un curioso bloqueo interno en los apologetas del bloqueo interno

Antonio Rodríguez Salvador / Tomado de CubaSí


Ciertamente, en Cuba hay un bloqueo interno: por ley se bloquea el regreso al capitalismo. Pero aquellos que hacen carrera esgrimiendo como eslogan el llamado “bloqueo interno” también tienen su propio bloqueo interno: dan vueltas y vueltas para no decir claramente lo que en realidad desean: el regreso de Cuba al capitalismo.

El empleo de eufemismos siempre ha sido recurso para dotar de cierto decoro lo que es malsonante o socialmente inaceptable. Hay una retórica blanda para enmascarar horrores; una pérfida voluntad tras la aparente elegancia. Palabras que parecen creadas por la Policía del Pensamiento, según la famosa novela de Orwell.
Las noticias las traen a diario: guerras que dejan miles de muertos, y cuyo objetivo es rapiñar recursos naturales de terceros países, son presentadas bajo el aséptico rótulo de “conflictos justos” o “razones humanitarias”. Hace un par de décadas, un grupo de lingüistas alemanes estableció que el eufemismo —la no palabra— del año era kollateralschaden, que traducida al español sería daño colateral.
Es asombroso: cuando en Wikipedia buscamos la expresión “daño colateral”, resulta que, para definirla, se acude a un despliegue de más eufemismos. Nada que ver con la muerte de miles de mujeres, ancianos y niños, que solo pueden ser presentados como algo colateral en un mundo deshumanizado. Así, y sin que sea escandaloso, nos dicen que el exterminio de ciudadanos inocentes vendría a ser lo marginal, y por tanto, secundario, de una tonelada de litio o un barril de petróleo.
Ya lo dijo Assange: “En la guerra, la primera víctima es la verdad”. Desde la antigüedad se sabe que un conflicto bélico no empieza cuando ocurre el asalto definitivo a la fortaleza, sino desde que la plaza es sitiada. Bajo ese principio, la guerra más larga de la modernidad ha sido la que por 60 años ha impuesto Estados Unidos a Cuba.
La invasión por Playa Girón, la Crisis de los Misiles, los sabotajes terroristas, la financiación y apoyo logístico a las bandas de alzados, o la deliberada introducción de epidemias en Cuba, solo han sido batallas en esa guerra, cuyo real objetivo fue dejado en claro por un importante funcionario de la administración Eisenhower.
El 6 de abril de 1960, hace justo 60 años, el Secretario de Estado asistente Lester D. Mallory escribió un memorando que, entre otras recomendaciones, ofrecía lo siguiente: “La mayoría de los cubanos apoyan a Castro (…) No existe una oposición política efectiva (…) El único modo efectivo para hacerle perder el apoyo interno (al gobierno) es provocar el desengaño y el desaliento mediante la insatisfacción económica y la penuria (…) Hay que poner en práctica rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica (…) negándole a Cuba dinero y suministros con el fin de reducir los salarios nominales y reales, con el objetivo de provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”.
Para anular el vértigo que provocaría la presentación descarnada de esa política —a la cual aún no se le ha cambiado ni una coma—, no usan el término bloqueo, sino el eufemismo “embargo”. Con ello pretenden llevar al plano retórico lo que no solo ha significado la pérdida de decenas de miles de millones de dólares necesarios para el desarrollo, sino también la muerte o mutilación de miles de ciudadanos inocentes.
Y ahora, como si no se tratara de la misma piedra de Sísifo —que una y otra vez tratan de levantar y finalmente rueda barranca abajo—, pretenden mostrar que el bloqueo no existe, sino que es interno de Cuba.
En Cuba, ciertamente, hay obstáculos que destrabar: a ello se ha referido el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel. En su discurso de clausura del VIII Congreso de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba, enumeró fenómenos negativos, de carácter interno, que es necesario enfrentar.
Pero afrontarlos para perfeccionar una obra, no para destruirla. Esto es lo que desea el pueblo cubano. Una voluntad que hace tan solo un año fue refrendada por aplastante mayoría: en las urnas, mediante voto directo y secreto; no con el puñado de likes en Facebook de quienes ridículamente se autodenominan luchadores por la democracia.

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