jueves, 13 de junio de 2019

Charlie Brooker y Steve Cutts, dos grandes… desconocidos en Cuba (+ video)

Tomado de La Pupila Insomne, el Blog de Iroel Sánchez.
 
La escritora y amiga Lourdes González me solicitó un texto para la revista holguinera Guayza acerca de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones en Cuba e integré en él reflexiones anteriores sobre el tema y nuevos acercamientos.
Charlie Brooker es el guionista de Black Mirror, la serie británica de capítulos monotemáticos distribuida por internet que presenta de modo increíblemente veraz escenarios distópicos que relacionan las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) con el capitalismo del futuro. Brooker es un desconocido en Cuba, aun entre quienes se relacionan con la producción audiovisual.

Steve Cutts es caricaturista y animador, con obras como Man, una realización que se hizo viral en la red de redes sintetizando la relación entre medio ambiente, consumismo y tecnología, o sus muy difundidos videoclips con el músico Moby sobre la adicción acrítica a las redes sociales, el más reciente y estremecedor de los cuales se titula “Are You Lost in the World Like Me?”(¿Estás perdido en el mundo como yo?). Cutts es otro cuya obra no tiene difusión en los medios de comunicación cubanos.


Por el contrario, si se revisan en Google trends los términos más solicitados desde Cuba al buscador global durante el 2018 se encontrará que el consumo de telenovelas colombianas y eventos relacionados con el fútbol europeo y el baloncesto estadounidense lideran buena parte de los contenidos que atraen la atención nacional en la red de redes. No juzgo a quienes tengan esas preferencias pero sí llamo la atención sobre el hecho de si que el 60% de la conectividad cubana es en espacios institucionales, eso supondría un estímulo a la utilización de internet asociada al conocimiento y la innovación, que parece no influir en tales resultados. Al responder una solicitud de los editores de la revista holguinera Guayza reitero algunas ideas que he compartido antes en mi blog sobre el tema del uso de internet para el desarrollo y el papel de los medios de comunicación en ello.

Cuba tiene algunos resultados notables en utilizar las TIC en función del conocimiento. Una es EcuRed, el sitio mejor posicionado en el país, que aunque con contenidos perfectibles, se ha convertido en la primera fuente nacional consultada sobre Cuba en la red y que como promedio aparece en la primera página de resultados de Google en la posición siete, con más de trescientas mil visitas diarias. Por otra parte, sería imposible imaginar la viabilidad de la que hoy constituye la principal fuente de ingresos por exportación del país, los servicios médicos, sin tomar en cuenta el rol imprescindible en ello de un servicio como Infomed, surgido en medio de la crisis económica de los años noventa en Cuba y que permitió sostener y elevar la calidad de la formación de los profesionales cubanos de la salud, socializando la información científica producida en el país y la obtenida por Internet, junto a otras fuentes, a partir de un mínimo ancho de banda tanto nacional como internacional. Imaginar el éxito de la medicina cubana a nivel mundial sin Infomed es imposible.

Es una verdad de Perogrullo que el imprescindible énfasis en el desarrollo de infraestructuras para el acceso a internet debe estar aparejado al despliegue de servicios y contenidos, y además ir acompañado de un esfuerzo educativo de directivos, trabajadores y la sociedad toda para  desarrollar  habilidades que contribuyan al uso creativo y crítico de las TIC. Por más computadoras y conectividad que tengamos, si la formación cultural no es convergente con el desarrollo infraestructural, el subdesarrollo nos seguirá acompañando por mucho tiempo. Por no  hacer ese énfasis , el uso subdesarrollante de la Internet es una triste realidad en muchos países donde la inversión en infraestructura no ha estado acompañada del desarrollo de servicios nacionales ni de la educación del pueblo para ello. Lejos de impactar hacia el desarrollo, ha devenido en más dependencia y subdesarrollo.

Mirando en nuestra programación televisiva, uno se percata de que se desaprovecha su carácter de servicio público para educar en este sentido.  Como tendencia, los espacios asociados a esta temática divulgan una lógica sobre las TIC más basada en la publicidad comercial que en fomentar una cultura crítica y creativa de su uso.

Teniendo un espacio como Universidad para todos que, integrado a los Joven Club  y a los centros de educación superior, pudiera ser una fuente de formación popular sobre estas tecnologías, se echa de menos que con excepción de un curso impartido hace más de siete años sobre EcuRed, las temáticas de las TIC estén ausentes allí.

La casi recién nacida Unión de Informáticos de Cuba, cuya concepción busca hallar una solución que integre la creatividad individual fomentada por estas tecnologías con el proyecto colectivo de nuestra sociedad y conectarlo con las prioridades del desarrollo, puede aportar el enorme potencial profesional existente en el país.

Según informaciones brindadas en el II Taller Nacional de informatización, apenas 190 000 cubanos, de casi cinco millones con posibilidades, utilizan la aplicación Transfermóvil para efectuar pagos de servicios como teléfono fijo y móvil, electricidad y agua, lo que con una mínima promoción y entrenamiento efectivo mejoraría su calidad de vida. Aspectos como la ciberseguridad, la construcción colectiva de contenidos, la protección de la privacidad, el uso responsable y ético de las redes sociales, la protección de los menores en los entornos digitales… son apenas unos pocos de los asuntos sobre los que urgentemente nuestro pueblo  debería ser instruido para hacer un uso creativo, crítico, culto y descolonizador de las TIC para el desarrollo.

En particular, las redes sociales de internet han impactado de modo creciente en las sociedades contemporáneas. Aunque sólo en estos tiempos de uso cada vez más generalizado de Internet se ha popularizado el término que antes era únicamente común entre sociólogos y otros profesionales de la Ciencias Sociales, las redes sociales existen desde que existen los colectivos humanos. Incluso, otros colectivos no humanos funcionan también como redes, basta observar un hormiguero, un panal de abejas, el modo en que caza una manada de lobos o leones, o el desplazamiento de de los delfines y las aves migratorias para percatarnos. Su funcionamiento resulta decisivo en el acceso a la alimentación, la protección contra otras especies, la reproducción y para compartir información imprescindible relacionada con esas actividades vitales.

En las sociedades humanas cada individuo pertenecía ya a redes familiares, de amistades, de vecinos, de compañeros trabajo o de estudio, de profesionales, muchas veces superpuestas, desde muchísimo antes que espacios como Facebook o Twitter se volvieran cotidianos.

Sin embargo, la llegada de internet ha vuelto tangible, e incluso capitalizable, lo que antes era invisible. Al quedar registrados en las memorias de potentes computadoras llamadas servidores cada búsqueda, cada intercambio, cada publicación de texto, video o fotos y los que interactúan con ellas, así como los metadatos que las acompañan (fecha, hora, sexo, tema y ubicación geográfica de los participantes, entre otros), en un espacio donde cada minuto se producen miles de millones de esas acciones, el desarrollo actual de herramientas informáticas para correlacionarlos permite encontrar y conectar afinidades a una velocidad antes impensable.

Así han surgido las empresas conocidas como “gigantes de internet” o de la tecnología, cuyo potencial se apoya precisamente en capitalizar esos intangibles. Ofreciendo a sus usuarios como mercancía para la publicidad de otras empresas con una efectividad que hace pocos años no era posible imaginar, Facebook y Google han llegado a cotizarse en bolsa por cientos de miles de millones dólares. Ya son cada vez menos los que llegan a una información tecleando la dirección en el navegador, lo más común es que se navegue a través de lo que un buscador como Google o el algoritmo de Facebook nos ponen delante. Más que navegar nos relacionamos con aplicaciones de internet que seleccionan para nosotros respuestas virtuales a partir de hegemonías del mundo real que pagaron por ello.

Para la mayoría de los internautas que usan esas dos herramientas la mayor parte de su tiempo de conexión, Internet es Facebook y Google, al igual que sistema operativo es sinónimo de Android o Windows.

El 18 de mayo de 2012 una declaración conjunta de un grupo de organizaciones de la sociedad civil de cara a la reunión de Naciones Unidas en Ginebra para la “Cooperación mejorada sobre cuestiones de políticas públicas relativas a Internet” apuntaba que “lo que fue una red pública de millones de espacios digitales, ahora es en gran medida un conglomerado de espacios de unos pocos propietarios”. Siete años después, muchos hablan de GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) como el gigante que controla desde un solo país el espacio digital global.

Más allá de las denuncias sobre su uso con fines de dominación política y militar en consecuencia con lo que ya reveló el ex analista de la National Security Agency, Edward Snowden, la efectividad que adquieren en los mercados nacionales las empresas transnacionales que pueden pagar por ser publicitadas, microlocalizando los públicos de acuerdo a sus características, gustos y necesidades, traspasando las fronteras nacionales, es arrasadora. Con más de 4000 millones de usuarios de internet, la batalla que se libra entre Google y Facebook por gestionar la conexión de los 3000 millones de terrícolas restantes con “internet.org” (entiendase acceso gratuito a los servicios de esas empresas pero cobrado al salir de esos espacios) está en pleno auge. Las políticas que penalizan en la corporación de Mark Zuckerberg los enlaces externos, volviéndolos prácticamente invisibles, mientras premian el contenido que no obliga a salir de la red social para accederlo, son una manifestación de esa obsesión por tener a los usuarios todo el tiempo en el espacio donde cada acción produce metadatos para la empresa.

La contradicción entre la socialización cada vez mayor del trabajo y la concentración creciente del capital propia de la sociedad contemporánea se expresa ahora entre la expansión imparable del tiempo de permanencia en la red de redes y la apropiación por cada vez menos manos de los metadatos que esta genera.

Indiscutiblemente la brecha digital se ha venido cerrando a una velocidad mucho mayor que la radial o televisiva pero eso, lejos de significar una diversificación del consumo cultural, ha profundizado el abismo entre el núcleo de producción de contenidos y servicios en poder de unas pocas empresas estadounidenses y el resto del planeta, provocando una creciente homogeneización.

En América Latina, de los 100 sitios más populares sólo el 26% es de origen local y menos del 30% está en idioma local, incluso buena parte de este último aunque esté en castellano es de procedencia estadounidense.

Es un hecho cotidiano que un anunciante puede hoy microlocalizar en una red como Facebook o en los resultados de un buscador como Google el destinatario de un mensaje a partir de la edad, el sexo, la ubicación geográfica y perfil profesional, ya sea para posicionar un producto o una noticia, sin importar si es esta es veraz o no, sólo tiene que tener el dinero para pagar por ello. Se trata de algo absolutamente legal y de uso muy común que nada tiene nada que ver con los recientes escándalos por la utilización de datos derivados de la actividad personal en Facebook para crear perfiles políticos de los usuarios, asociados a la empresa Cambridge Analytica.

Son pocos los países cuya masa crítica demográfica y lengua propia  les permite desarrollar alternativas, como es el caso de China y  Rusia. El experto y profesor de la Universidad de Stanford Evgueny Morozov, para nada sospechoso de admiración por algunos de esos dos países, apuntaba con ironía en 2015: “Noten la diferencia crucial: Rusia y China quieren poder acceder a los datos generados por sus ciudadanos en su propio suelo, mientras que los EE.UU. quieren acceder a los datos generados por cualquier persona en cualquier lugar, siempre y cuando las empresas estadounidenses los manejen.”

No es un secreto que procesos como el Brexit, la elección de Donald Trump o la respuesta al referendum sobre la paz en Colombia han sido impactados por estas realidades. Las guarimbas del primer semestre de 2017 en Venezuela, la derrota de la consulta para la reelección de Evo Morales en Bolivia,  o el despliegue instantáneo de la violencia en Nicaragua han contado con millones dólares invertidos en las redes sociales de Internet.

Ya no se puede decir que la mentira tiene las patas cortas, sería más apropiado plantear que viaja a la velocidad de la luz en la fibra óptica que enlaza los servidores de internet. En los tiempos en que Joseph Goebbels se ocupaba de la propaganda hitleriana solía decir que una mentira repetida muchas veces puede convertirse en verdad pero debía esperar a que saliera al aire el próximo noticiero radial, se proyectara el siguiente resumen cinematográfico de noticias, o se imprimieran los periódicos matutinos o vespertinos para hacerlo. Hoy en un segundo los tuits del presidente de los Estados Unidos alcanzan millones de reiteraciones.

Internet no es el problema sino la desigualdad económica y social con que las hegemonías del mundo real se trasladan al espacio virtual, dinero mediante. Tim Berners Lee, creador de la world wide web, expresaba en ocasión de cumplirse 28 años de su invención en marzo de 2017 sentirse “cada vez más preocupado por tres nuevas tendencias” de la web: Hemos perdido control de nuestra información personal, es muy fácil difundir información errónea en la web y la publicidad política en línea necesita transparencia y entendimiento, decía Sir Berners Lee.

En 2016, Jonathan Albright, profesor de la Universidad de Elon en Carolina del Norte, publicaba un mapa en el que mostraba cómo a partir del dominio del algoritmo de  las búsquedas de Google la extrema derecha colonizó el espacio digital mucho más efectivamente que la izquierda liberal en EE.UU. El mapa de Albright, que siguió un millón trecientos mil hipervínculos,  muestra  cómo un sistema “satelital” de noticias y propaganda de derecha (formas oscuras en el mapa a continuación) rodeó el sistema de medios de comunicación dominantes justo en el año en que Donald Trump llegó a la Casa Blanca. Preguntado por el diario The Guardian acerca de cómo detener ese proceso, Albright respondió: “No lo sé, no estoy seguro de que pueda ser, es una red, es mucho más poderoso que cualquier actor”. “¿Entonces casi tiene vida propia?”, le preguntaron, “Sí -respondió el científico- y está aprendiendo. Todos los días se hace más fuerte”.


Apliquémonos un mapa similar donde estén todas las fuentes que generan fake news hacia Cuba y la prensa cubana, que recibe un dólar de presupuesto por cada cuatro que invierten los primeros. ¿Qué solución hay ante eso para un país pequeño que pretende no ser dominado por la hegemonía estadounidense? ¿Huir de las redes sociales de Internet, que ya forman parte de la vida cotidiana de miles de millones de personas, de la mayoría de los jóvenes y de un creciente número de cubanos? ¿Crear, sin masa crítica demográfica espacios nacionales excluyentes como hace China que tiene más internautas que Estados Unidos y Europa juntos? No parece ser  viable, nuestra alternativa pareciera estar en desde la participación creativa poner en red nuestros valores,  en preguntarnos si los cubanos portadores de ellos son los que más facilidades tienen para acceder a Internet, en hacer que nuestros medios de comunicación y nuestras escuelas fomenten una cultura crítica  y creativa del uso de esas teconologías que permita no ser manipulado y que los liderazgos institucionales, políticos y sociales están presentes y se articulen en la red a partir de una información oportuna y de calidad que guarde relación con las expectativas y necesidades de los cubanos.

 Tal vez por ahí haya un camino  para no terminar reproduciendo -por supuesto, desde los márgenes, porque ese es el lugar que suele asignársenos a los del Sur- el mundo distópico que decriben Charlie Brooker y Steve Cutts y preguntar con Moby “Are You Lost in the World Like Me?”.

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