Conocí a una mujer. Durante un tiempo la tuve cerca, muy cerca, y me impresionó todo de ella:
Su devoción familiar; la delicadeza con que trataba sus plantas, incluso les cantaba ocasionalmente como a sus hijos, a quienes educaba permitiéndose malcriarlos de tarde en tarde. Me impresionó su sencillez elegante, la cortesía inseparable a la fuerza de sus argumentos; sus firmes valores entre maneras delicadas.
