A mis 15 años, posiblemente tuviera mi mente ocupada en escabrosas necesidades de adolescente. En ese momento la realidad de Cuba ya cambiaba por obra y gracia de aquel “Fin de la Historia”, de Fukuyama, pero no era algo que uno vivenciaba traumáticamente con esa edad. Por eso me resulta tan irreal que un niño como yo lo era entonces, más de un siglo antes, escribiera:
“El amor, madre, a la Patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni la hierba que pisan nuestras plantas. Es el odio invencible a quien la oprime. Es el rencor eterno a quien la ataca”.