Imagen de la película "La buena suerte".
Por Dqva Jaime
Acabo de leer un post que plantea que la verdadera división de la humanidad no es entre ricos y pobres, izquierdas o derechas, sino entre buena y mala gente. Entre quienes saben ponerse en el lugar del otro y quienes solo miran su propio beneficio. Un mensaje que, a primera vista, rebosa humanismo y apela a lo mejor de cada persona.
Suena bonito, ¿verdad? Y justamente por eso, conviene mirarlo con lupa. Porque a veces, las ideas que parecen más inofensivas y llenas de "sentido común" son las más funcionales para que todo siga igual.
El problema es mover el foco.
Cuando reduces los conflictos sociales a una cuestión de maldad o bondad individual, estás haciendo algo muy concreto (aunque no sea tu intención): estás borrando de un plumazo las estructuras que generan y premian esa maldad.
Pensemos desde el materialismo. ¿Es el empresario que paga sueldos miserables un "malo" por naturaleza? ¿O es una pieza que actúa exactamente como se espera en un sistema que le obliga a maximizar ganancias para no ser devorado por la competencia? El problema no es solo su falta de empatía (que la tiene), sino un sistema económico, el capitalismo, que para funcionar necesita que una clase viva del trabajo de otra.
Decir que la división fundamental es entre "buenos y malos" equivale a afirmar que el problema del hambre no es la desigualdad, sino que los ricos no son suficientemente caritativos. Es poner un parche moral a una hemorragia estructural.
¿Qué consigue este discurso?
1. Nos desclasa: Hace pensar que el obrero explotado y el gran capitalista pueden militar juntos en el bando de "los buenos", siempre que ambos lloren con la misma película. Sus intereses objetivos dejan de ser antagónicos y se transforman en un "malentendido" entre personas de buen corazón.
2. Culpa al individuo, salva al sistema: Si la pobreza es culpa de los "malos" (ya sean políticos corruptos o pobres "vagos"), nunca es culpa de un sistema que produce riqueza y pobreza como dos caras de la misma moneda. El capitalismo queda blindado como un escenario neutral donde transcurre una eterna lucha entre ángeles y demonios.
3. Desactiva la lucha colectiva: Es la trampa definitiva. Si el cambio depende de que cada cual decida "ser buena persona", la lucha deja de estar en las calles, los sindicatos o la política y se convierte en un ejercicio de superación personal. Nos aísla. Nos vuelve individuos buscando nuestra propia "buena suerte" en lugar de una clase que pelea por su destino común.
La respuesta no está en la barriga.
El marxismo no niega la ética. La sitúa. Entiende que la solidaridad y la empatía genuinas solo pueden florecer plenamente en una sociedad que no esté fundada en la explotación del ser humano por el ser humano. Mientras el trabajo siga siendo una mercancía, la "maldad" del egoísmo será un valor de cambio.
La provocadora pregunta final de aquel post era: “¿Y tú? ¿Tú qué eres?”. Y la respuesta no debería ser una confesión sobre nuestra pureza interior. La respuesta debería ser otra pregunta, bastante más incómoda: ¿De qué lado estás cuando se trata de transformar las estructuras que fabrican la desigualdad?
Porque no se trata de ser buena o mala gente en abstracto. Se trata de qué intereses de clase defiendes. Y ahí, la empatía sin conciencia de clase es solo un calmante para la mala conciencia
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