Por Leonel Gorrín Mérida
*Fragmento del Capítulo 1. Lo común en los países de Europa del Este, del libro ¿¡Socialismo!? Europa del Este 1945-1989 de Leonel Gorrín Mérida
Existe un principio básico para la construcción del socialismo y es el hecho de que los medios, métodos y mecanismos económicos para el desarrollo de la sociedad, no pueden comprometer la formación de la conciencia y la actitud socialista ante el trabajo y los bienes sociales. Este fue un error en la mayoría de los países de Europa del Este.
El último secretario general del Partido Socialista Unificado Alemán, Egón Krenz, reconoció en sus memorias este medular aspecto:
«...está claro que nosotros no podemos competir con muchas de las cosas que han atraído a Occidente y hacer brillar su fachada. Precisamente por ello es que tenemos que seguir desarrollando las ventajas de nuestra sociedad y hacer que la gente adquiera más conciencia de ellas.»(1)
El trabajo ideológico se descuidó en unos casos y en otros se esquematizó y se convirtió en rutina, alejado de objetividad y sentido práctico. Se farfullaban los éxitos y se ocultaban los problemas que avanzaban llevándose la vuelta a todos. El discurso político repetitivo de eslogan y consignas, alejado muchas veces de la realidad, llegó a carecer de ideas renovadoras.
Puede afirmarse que, en Europa del Este, el imperialismo no ganó la batalla ideológica, fueron los países socialistas los que la perdieron. Resulta importante subrayar que no fue un fenómeno perdido en los últimos años de existencia de aquel «modelo de socialismo». Se trató de algo que casi estuvo ausente desde los mismos inicios y en ello influyeron mucho los sentimientos antisoviéticos (sobre todo antirrusos) que predominaron y sobre los cuales nos detendremos más adelante.
El ya deteriorado trabajo ideológico se vio herido de muerte durante la segunda mitad de la década de los 80, con la Perestroika en la URSS y la llamada Glasnost. Los medios de prensa comenzaron a realizar una intensa campaña contra el socialismo y contra la propia historia de esos pueblos. En la RDA se difundían más las publicaciones sobre el proceso soviético que, los análisis sobre la situación interna del país. La reacción, al hacer uso de la mal llamada «apertura democrática», se adueñó de los medios masivos de comunicación, mientras que los partidos que dirigían aquellas naciones, pasaron a la defensiva, en el mejor de los casos. Mientras que Occidente se lanzaba a una ofensiva sin precedentes, los partidos comunistas perdieron la iniciativa en el campo ideológico (aunque no puede afirmarse que algún día la hubieran tenido).
En más de una ocasión, el Comandante en Jefe Fidel Castro alertó sobre las consecuencias de esos errores. Así lo hizo a inicios del mes de diciembre de 1989:
"Sin un partido fuerte, disciplinado y respetado, es imposible desarrollar una revolución o una rectificación verdaderamente socialista. No es posible llevar a cabo semejante proceso calumniando al socialismo, destruyendo sus valores, desprestigiando al Partido, desmoralizando a la vanguardia, renunciando a su papel dirigente, liquidando la disciplina social, sembrando el caos y la anarquía en todas partes. Así se puede promover una contrarrevolución, pero no cambios revolucionarios".(2)
El necesario debate de los problemas de la sociedad, que durante años estuvo silenciado, no estuvo acompañado de la oportuna y necesaria orientación del Partido. En el sector intelectual tanto aquellos que defendían la construcción de la nueva sociedad como aquellos que se le oponían abiertamente, comenzaron a llenar de cuestionamientos todas las políticas estatales. Mientras tanto, los partidos optaron por el silencio o por evitar públicamente el debate. Las personas se sintieron (en el mejor de los casos) desorientadas.
De manera progresiva se fue erosionando la legitimidad del propio sistema político. El papel dirigente del Partido fue cuestionado al extremo, hasta desaparecer como tal, no solo desde el punto de vista legal (eliminación de los artículos de las constituciones que así lo refrendaban), sino también desde el punto de vista práctico, que era lo más importante. Uno de los golpes más duros a esa legitimidad tuvo lugar en Polonia, con la aparición del movimiento sindical Solidaridad. El POUP, que debía ser el representante de la clase obrera, tuvo entonces a los propios obreros en el bando contrario.
En la vida interna de los partidos, el principio del centralismo democrático y la necesaria disciplina partidista fueron sustituidos por la subordinación ciega, por una especie de unanimidad ficticia que lacero la confianza de las masas, fomento la doble moral y la simulación en todas o casi todas las esferas de la sociedad. El centralismo democrático fue reemplazado por el «centralismo burocrático». Basta con citar un ejemplo: Solo un mes antes de la desaparición de Rumania como Estado socialista y del asesinato de Nicolae Ceauşescu y sus familiares más allegados, tuvo lugar el Congreso de los comunistas rumanos. Cualquier palabra de Ceauşescu provocaba aplausos y ovaciones. Todas las intervenciones eran solo para alabar al dirigente comunista y los «indiscutibles éxitos» de su gobierno.(3)
El Partido, y dentro de él gran parte de su militancia, observaba con sorpresiva tranquilidad, la enorme separación que existía entre la «imagen» que se quería dar de la sociedad y la realidad. Horas más tarde, aquel sistema dejó de existir.
Dentro del análisis de los problemas que caracterizaron, en mayor o menor medida, a cada una de esas naciones, resalta algunos que requieren de la máxima atención: la inercia, el inmovilismo, la autocomplacencia, la mentira y el autoengaño, así como la falta de debida previsión por parte de las fuerzas dirigentes, corroyeron por dentro a aquellas sociedades.
Muchos documentos partidistas de aquella época que han salido a la luz en los últimos 20 años, demuestran cómo se actuó tardíamente o no se actuó, ante los acontecimientos que se avecinaban o ya se estaban desencadenando.
Algunos países, como Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, pasaron de una crisis a otra a lo largo de toda su historia. Frecuentemente, se habla de que en Hungría «hubo» un serio conflicto en 1956 o que en Checoslovaquia lo «hubo» en 1968, y parece que en aquella misma fecha el llamado conflicto apareció y dejó de existir. Pero la realidad era otra totalmente diferente. El trabajo ideológico de los partidos fue otra de las asignaturas suspendidas.
Un punto aparte merece la política de cuadros. Debe señalarse que el tema del liderazgo político era muy poco estudiado y difundido por las ciencias sociales. Al parecer, se evitaba el «efecto espejo». No siempre se tuvo en cuenta la diferencia entre «dirigente» y «líder». Cuando en sectores claves de la sociedad se nombran «dirigentes» que carecen de liderazgo, el propio sector pierde protagonismo.
Los casos de Polonia, Hungría y Checoslovaquia resultan ser ilustrativos en este tema. En Polonia el sindicato oficial era dirigido por Wladyslaw Kruczek en el momento en que daba sus primeros pasos el movimiento Solidaridad. Una de las diferencias entre los dos sindicatos consistió en que Kruczek no alcanzó la condición de «líder», mientras que Lech Walesa lo logró. Aquel no alcanzó a movilizar a los trabajadores para materializar la política trazada por el POUP, supuestamente encaminada, en primera o última instancia, a beneficiarlos.
Las masas trabajadoras se sentían engañadas del discurso político, cuestión que supo aprovechar Walesa. La ausencia de liderazgo dentro del sector sindical «oficial» condujo a su fraccionamiento en mil pedazos y al triunfo de Solidaridad. Algo similar sucedió en la dirección del POUP, hasta que fuera nombrado Wojciech Jaruzelski, pero ya era demasiado tarde.
En la práctica de todas aquellas naciones se confundió «poder» con «liderazgo». El hecho de que un partido esté en el poder y su líder en la sociedad está refrendado en leyes y en la carta magna no es sinónimo de liderazgo. En la mayoría de aquellas naciones los partidos nunca llegaron a alcanzar la condición de líder. La expresión de partido vanguardia, era solo valida en términos de propaganda. Europa del Este demostró que la unidad no se alcanza por decreto, ni por consigna; se logra por la cohesión en torno a un liderazgo decidido a realizar y defender una idea común. Si el liderazgo se debilita, la «unidad» se fracciona. Eso sucedió en todas aquellas naciones.
Notas
(1) Krenz,Egón (2007). Otoño de 1989, Editorial Cultura Política, La Habana, 2007, p. 41.
(2) Castro Ruz,Fidel (7 de diciembre de 1989). Discurso en el acto de despedida de duelo a los combatientes internacionalistas cubanos caídos cumpliendo misiones militares y civiles»,
(3) Vorotnikov, Vitali (1995). Mi verdad, Casa Editora Abril. p. 331.
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