Por Roberto R Davila Cabrera
Hablar de papel dirigente del Partido Comunista de Cuba, PCC requiere referirse a su significación individual, al ejemplo personal, como ya señalamos, pero también a su sentido y alcance institucional, en la relación entre los distintos órganos y organismos que constituyen la sociedad socialista cubana y su adecuado funcionamiento.
No quiero plantear ideas y conceptos en abstracto, sino teniendo en cuenta nuestra realidad concreta, donde a infinitos problemas, unos resueltos en mayor o menor medida, y muchos más sin solución actual, entre los cuales hay aquellos que no son provocados por enemigos de la revolución, sino por nosotros mismos.
Recuerdo con nostalgia los tiempos en que nadie en Cuba, ni sus enemigos, se cuestionaban si el Partido es una organización electa para dirigir, ni se comparaba que el Presidente del país era electo por el pueblo y el organismo dirigente partidista no, como voy escuchando en no pocos lugares, entre personas que ejercen funciones de dirección en el Gobierno, en nuestro Poder Popular.
Es más que nostalgia lo que se siente cuando en nuestros medios de comunicación al presentar a la máxima personalidad de dirección del país, su Presidente por elección popular, omiten mencionar su condición primera de Primer Secretario del Comité Central del Partido, organización que ha sido garante durante todos los años de Revolución vividos de la creación y adecuado funcionamiento de los órganos del poder del pueblo desde la base hasta la nación.
Nuestro Partido no elige ni designa gobernantes, no gobierna, pero es la organización política que ha garantizado la pureza de los procesos de selección y elección de sus delegados y diputados, y lo sigue haciendo, en estrecho vínculo con las masas populares.
La autoridad y prestigio del Partido no se gana por elecciones para el ejercicio de gobierno. Ha sido y es, por su actuación práctica como faro y guía de lo que se ha debido hacer y se hace, con la activa participación de su militancia y dirigentes al frente en todo combate, batalla, tarea, objetivos a lograr, y con un Fidel y una dirección histórica siempre al frente y en los lugares más difíciles, a costa de la propia vida.
No es un problema solo teórico el dirigir, sino práctico, y en Fidel, nuestro símbolo máximo, lo resumió el Ché, y ratificó Raúl, vimos siempre como el primero en todo, desde la Sierra, el Flora, Girón, y todo lo demás, hasta su desaparición física, porque para sus seguidores y continuadores verdaderos, sigue aquí, al pie del cañón, alertando, orientando, guiando, dirigiendo, aunque existan personas que tratan de utilizar y utilizan su figura y memoria para vivir en nuestra sociedad a costa del esfuerzo y sacrificio de otros y de su propio ejemplo.
Ese ejemplo personal, siempre le dio derecho a Fidel a exigir a los demás hasta el deber y el derecho a vivir y morir por la Revolución y el socialismo.
Nada es perfecto en la labor de dirección. El hecho de que algo salga bien, no excluye errores y deficiencias, unos atribuibles a los hombres, a los participantes en los procesos y acontecimientos, y otros a la acción de la naturaleza, a la de los enemigos, a las contingencias que impone el desarrollo social y el movimiento incesante de la realidad, que nadie puede detener.
No es un proceso ideal ni resultado de acciones de laboratorio, ni de las idealizaciones que hacen muchos al querer que sus ideas y voluntades resuelvan todos los problemas, desde la barrera, fuera de ellos, a veces a miles de kilómetros del lugar de los hechos, con el uso constante de la crítica subjetiva, donde lo que pienso yo siempre será mejor que lo que hacen los demás.
Pero no todos en esos procesos caracterizados por el mucho decir, son capaces de tomar el toro por los cuernos, lidiar con él, y vencerlo. En mi vida he conocido muchos que dan muchos consejos, incluso han sido expertos al punto de ser bautizados como “bailarines de la palabra”, pero sin fusil ni instrumentos de trabajo en mano para enfrentar y resolver las tareas que la vida cotidiana exige.
Lo dicho puede ser historia, pero es legado para el presente. El papel dirigente del Partido no es ni puede ser consigna, letra muerta, idealización, requiere acción diaria individual, no solo de los miembros de la organización política, sino de todos los que por convicción lo siguen seguros de que es ella la que defiende a capa y espada sus intereses y la solución de sus necesidades.
Para que así pueda ser, la vida misma exige al propio Partido no imponer sus criterios. Fidel mismo enseñó que en ocasiones tiene el deber de aprender de los propios dirigidos, porque siempre él confió en la inteligencia colectiva de su pueblo, y hay que aprender no a oír, sino a escuchar y asumir criterios de otros revolucionarios, no de los enemigos, que muchas veces andan caminando al lado de manera solapada y traicionera.
Si mucho tiene que resolver ese papel dirigente del Partido es en la exigencia.
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