domingo, 23 de marzo de 2025

No le temamos a Marx


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   / Tomado de Granma / Imagen tomada de Internet

Hay personas que hallan felicidad en ser canallas, pero más allá de la mezquindad individual, sabemos desde Marx, que la razón última no se esconde en cada ser, sino en la organización de una sociedad que solo encuentra forma de reproducirse en tener de un lado a los que poseen los medios para producir, y del otro, a quienes, al carecer de ellos, solo pueden vender su capacidad de trabajo.

El ingrediente nuevo que trajo el capitalismo a una explotación milenaria fue despojar de mística esa realidad y reducirla en toda su crudeza a una transacción económica. Ya los explotadores no lo son por tener sangre de color distinto al del que labora. Ya el explotador no lo es por haber sido ungido por lo divino a ese destino, y los otros, al destino de ser desposeídos.

Quitada toda narración al margen de lo económico, entre el explotador y el explotado se realiza una transacción económica sin glamur alguno, una transacción asimétrica mediada por una violencia simbólica y física tangible y brutal. Ese fue el análisis que hizo el viejo, y la razón por la que le temían tanto. Marx no promulgó el odio de clases, como se empeñan en convencernos los ideólogos burgueses, él descubrió que la lucha de clases antagónicas ha sido el motor de la historia.

Los dogmáticos afirman, con pesar, que Marx no nos describió cómo debía ser el socialismo, y miran desconcertados, como un hijo huérfano de una última enseñanza del padre. Pobre hombre, cuánta responsabilidad le echan sobre los hombros: «Don’t carry the world upon your shoulders». Y acudiendo a Jude, algunos de los quejumbrosos me recuerdan a los que, cuando se les menciona un hecho musical cualquiera, que haya ocurrido después de los 60, te dicen que eso ya lo inventaron los Beatles. Como si todo lo humano y lo divino cupiera en la obra de un ser humano (o un grupo, para el caso). Imposible, ni en uno ni en todos.

Démosle al viejo su mérito gigantesco, y asumamos que ya estamos demasiado creciditos para andar como el ovejo que bala desconsolado cuando descubre que los padres están ausentes. Reconozcamos, además, que el socialismo no se construye en bambas, y si la particular realización que se defiende no demuestra ser más eficiente en reproducir el mundo material de la sociedad, entonces no podrá nunca ser sustituto del sistema que pretende enterrar, y tarde o temprano fracasará, no importa si tenemos muchos villanos a los que, con razón, achacarles la culpa.

Y no dejemos escapar esta última idea: demasiadas veces la urgencia ahoga lo estratégico. Tenemos siempre, aun en las condiciones más difíciles, que dar espacio a lo estratégico, porque tarde o temprano su carencia nos alcanza y nos pasa la cuenta. Y esa manera de pasarnos la cuenta será en forma de una nueva urgencia a la que no tendremos cómo darle solución por más que nos lo propongamos. Nos pasará como el pícaro del Lazarillo de Tormes, que es vivo para tener salidas a lo inmediato que le permite sobrevivir, pero en ese mismo ejercicio constante de la picardía, como forma inmediata de supervivencia, estriba su incapacidad de lograr salir de la miseria, y entonces vive en estado (semi)indigente toda su vida, un estado de cosas irrebasable que lo ahoga en la cotidianidad de andar de urgencia en urgencia.

Quizá esto no es lo que algunos quieren oír, en alineación completa con el pensamiento consensuado como el correcto. Y no es que no sea correcto, el problema, como nos explicó Marx, es que no es lo suficientemente correcto, hay «más entre el cielo y la tierra que en tus teorías, Horacio», diría en voz de Hamlet, Marx, que diga, Shakespeare.

Retengamos esas ideas, hoy que se cumplen 142 años de la muerte del viejo, y hagamos de ser marxista a conciencia, el mejor ejercicio a su legado.

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